El Periódico Mediterráneo

Aurora Martínez, vocal de Castelló LGTBI

No cuesta encontrar quien, dentro del mundo LGBTI, se sienta incómodo con las etiquetas. Qué difícil debe ser necesitar palabras para expresarse, recurrir al lenguaje para ganar visibilidad, e inmediatamente caer en la trampa del lenguaje mismo, en los barrotes que suponen las definiciones y en la angustia que significa enclaustrarse en una denotación, por muy bien que te encuentres.

Inventas un término que te identifica y que permite que los demás te identifiquen, pero a la vez te das cuenta que la jaula es dorada y que necesitas romper los barrotes. Crear etiquetas para que te vean y a la vez querer huir de las etiquetas.

El territorio de lo normal ha sido siempre colonizado por el discurso de una sexualidad marcada por la heterofilia, esto es: los hombres deben sentirse hombres, las mujeres deben sentirse mujeres, y la atracción entre ellos debe ser mutua de cara a establecer unos afectos que perpetúen los códigos reproductores tradicionales. Y, además, esta normalidad ha sido escrita siempre por hombres. En el mundo heteronormativo, ya está bien que los colectivos de lesbianas, gays, bisexuales, transexuales e intersexuales se autodenoten porque de esta manera crean sus propias parcelas; que se etiqueten ellos mismos porque esto, en el fondo, mantiene intacto el relato tradicional desde el plano de la tan preciada normalidad.

Un lamento, sin embargo, parece desprenderse de los colectivos LGBTI. Las palabras visibilizan, sí, pero también organizan, clasifican, crean nuevos nichos donde ubicar los comportamientos y las identidades, construyen, en definitiva, una clasificación que, en el fondo, preserva la normalidad tradicional en mantener la rareza en sus rincones de confort. Y los colectivos LGBTI parece que se dan cuenta.